Verano 2013 — Aprendiendo a amar a través de la acción
- kaladanda
- 2 ene 2013
- 5 min de lectura
Actualizado: 26 abr

Hace unos meses que venimos trabajando este tema en las clases de Dharma, y me pareció bueno verlo durante el verano también en las clases de Kaladanda Yoga, para poder ponerle más consciencia a nuestro proceso y hacerlo más despierto e iluminado.
En nuestro linaje hindú-tibetano vemos que todo lo que hacemos deja una huella, genera energía, pone en movimiento fuerzas que se plasmarán un día en nosotros mismos, y por ende en las situaciones que nos tocarán vivir y en las personas que vamos a percibir a nuestro alrededor.
Venimos estudiando, desde el inicio de Kaladanda, la ley del karma: de la acción tanto de cuerpo, como así también de palabra y mente. Esta ley de causa y efecto funciona porque las cosas son vacuas, carecen de existencia propia e independiente.
También estudiamos qué sembrar, y cómo, para obtener la cosecha que deseamos y que creemos que nos hará felices.
La trampa sutil del camino
Seguramente ya te diste cuenta de cuál es la trampa en la que podemos caer. El camino espiritual tiene muchos obstáculos, unos más obvios y otros más sutiles. Éste es uno de los sutiles:
Creer que el camino te va a ayudar a lograr lo que tu ego cree que necesita, que el camino te va a ayudar a lograr lo que tu ego cree que es lo mejor para que seas feliz.
Un ego disfrazado de monje o monja, usando el camino para satisfacer sus necesidades.
El aprendiz espiritual pone extrema atención en cómo funcionan las leyes de la vida: las semillas corporales, verbales y mentales. Aprende de los resultados y estudia las conexiones. El más avanzado ya tiene todo eso incorporado y fluye por el camino, como un pájaro conectado con la divinidad que está oculta y omnipresente en cada instante, cada semilla, cada resultado.
Interés personal iluminado
Su Santidad el Dalai Lama habla de interés personal iluminado. Se refiere a que, cuando empezamos, estamos completamente centrados en nuestro pequeño yo, y ese es nuestro punto de partida. Y está bien: nuestro grado de sabiduría —el entendimiento de la vacuidad— es bajo. Al principio vamos a servir a los demás con interés personal y poca sabiduría, y está bien. Es lo que hay, es lo mejor que podemos hacer, y es mucho mejor que no servir ni ayudar a nadie.
Pero a medida que vamos sirviendo a los demás, algo maravilloso puede empezar a suceder: puede surgir el amor por el servicio y puede incrementarse la sabiduría con la que servimos.
Y ahí viene la parte iluminado de la frase. Eventualmente nuestra intención se eleva, porque el servicio nos eleva, el servicio nos fuerza a evolucionar. Debido a esta evolución, un día bodhichitta y virya nacen en nuestro corazón, como pequeños brotes delicados pero ansiosos de vivir y alcanzar el sol de su máximo potencial.
Empezamos poniendo en práctica las enseñanzas porque queremos más dinero, una pareja, salud, etc., para nosotros. Y avanzamos hasta que nuestro objetivo pasa a ser iluminarnos en beneficio de todos los seres.
El glorioso Lama Je Tsongkapa dice:
“Una vez que te pones, de manera irreversible e irresoluta, la armadura del esfuerzo gozoso (virya), tu maestría en las escrituras y tus ‘darse cuenta’ se incrementarán en ti como la luna creciente. Harás que todas tus acciones tengan sentido —para alcanzar la iluminación en beneficio de todos los seres—, y lograrás llevar a cabo todo lo que te propongas. Sabiendo esto, los bodhisattvas han creado grandes olas de esfuerzo gozoso, haciendo que desaparezca todo tipo de pereza.”
Cuando el servicio no nos transforma
Fijate que antes dije: “a medida que vamos sirviendo a los demás, algo maravilloso puede empezar a suceder…”. Ese puede es importante, porque implica que tal vez no sucede. No es que necesariamente, después de un tiempo de servir a los demás con interés personal, nos veamos forzados a evolucionar.
También puede suceder que, después de un tiempo, empecemos a sentir que no estamos cosechando lo que anhelábamos, o que los resultados son casi imperceptibles. A veces esto nos enoja, nos cansa, y nos aleja del camino espiritual, porque perdemos interés al sentir que no funcionó para nosotros.
Podría escribir mucho sobre este tema, pero por hoy quiero decir que todo lo que hacemos desde el pequeño yo —el ego— va a resultar en algo pequeño. Todo lo que hacemos con solo nosotros mismos en mente tendrá un resultado limitado, de corta duración y poca sensación de libertad.
Je Tsongkapa nos dice que, una vez que nos pongamos la armadura de virya, todo lo que nos propongamos lo concretaremos y evolucionaremos como la luna creciente. Mientras tanto, el resultado será pequeño y limitado. Parecería que la intención con la que servimos, y el grado de sabiduría y concentración que tengamos, son la clave.
No se pueden saltear las etapas
En el camino espiritual no podemos saltar las etapas; tenemos que pasar por todas e incorporarlas una a una. Así nos vamos haciendo cada vez más anchos: nuestra capacidad de amar se incrementa en la medida en que este pequeño yo se disuelve y se pone al servicio del yo superior. En otras palabras, el pequeño yo se convierte en un instrumento de la divinidad en la tierra.
Es tan bello el camino, y tan profundo. Es cansador a veces, pero, como dice Mamerto Menapace, monje benedictino:
“El trabajo, sea remunerado o no, dignifica el alma y el espíritu, y nos hace bien en nuestra salud mental. En estos días el significado del cansancio es visto como algo negativo, de lo cual debemos deshacernos, y no como el privilegio de estar cansados porque eso significa que estamos entregando lo mejor de nosotros.
A esta tierra vinimos a cansarnos…
Valorar la libertad como una forma de vencerme a mí mismo y entender que ser libre no es hacer lo que yo quiero. Quizás deberíamos ejercer nuestra libertad haciendo lo que debemos con placer, y decir que estamos felizmente agotados y así poder amar más y mejor.”
Me gusta cuando dice “felizmente agotados, y así poder amar más y mejor”. Cuando fluimos en nuestro trabajo, en nuestro servicio, el yo se disuelve por un rato, y nos perdemos en la acción en el eterno presente. No esperamos nada a cambio, ya que el futuro no existe.
Al terminar el día, quedás felizmente agotado de servir a los demás, o de amar a los demás. Es un instante en el camino espiritual en que nos damos cuenta del sudor de servir, y es un sudor tan feliz que le da sentido a la vida. Pasamos de estar solos a ser parte del todo y de todos. No te lo pierdas: una vida vivida así, vale la pena vivirla.
Para este verano
• Observar si estamos usando el camino espiritual para satisfacer los deseos del ego. Y si, en vez de practicar la renuncia —renunciar a la creencia de que “algo” que existe por su propio lado puede hacernos felices—, estamos usando el camino para acumular más “cosas o personas” que creemos que existen de su propio lado y tienen el poder de hacernos felices.
• Observar si nuestra vida tiene algo —o mucho— de virya, de servicio gozoso. Y si no lo tiene, meditar en cómo sería una vida con virya.
• Descansar y reconectarnos con el profundo sentido de nuestra vida.
Muchas felicidades para todos,
Carola Terreni
Bodhichitta: deseo de iluminarse en beneficio de todos los seres. De a poco, cada acción que realizamos empieza a colmarse de este deseo.Virya: esfuerzo gozoso; trabajar con alegría para ayudar a los demás.



